domingo, enero 03, 2010

7 ideas para ahorrar electricidad en la noche



1) No haga pupú con la luz prendida. ¿De cuándo acá es necesario hacer pupú con luz?

2) Si es hombre, y va a ser pipí, empiece a practicar por hacerlo sentado. Nada tiene de malo hacer pipí sentado. ¡Abajo la tiranía de las mujeres!

3) No vea sus revistas de adultos de noche, y haga lo que tenga que hacer viéndolas, de día.

4) Tampoco vea películas de censura XXX durante las horas nocturnas, y use la imaginación, que bastante falta que hace en estos tiempos. Ah, y si no es un manganzón desafortunado que sólo ve pornos… ¡fornique, no joda, fornique!

5) Deje de usar vibradores eléctricos. Las pilas son buenas.

6) Conviértase en un romántico incorregible, y ponga de moda las cenas románticas con velas.

7) Lea de día y acuéstese temprano. Leer de noche le afecta la visión, y acostarse temprano le da salud. ¡Y si no puede dormir y no es un manganzón desafortunado, fornique, no joda, fornique!

lunes, diciembre 21, 2009

Y con ustedes... El payaso colgado de Adolphe Willette

jueves, diciembre 17, 2009

Breve

(Asaltacorazones de Pablo Gallo)



Él dijo tan bien,
ella dijo tan poco.

jueves, diciembre 10, 2009

IMAGINACIÓN Y REALIDAD EN KWAIDAN




Es interesante notar que en Kwaidan de Lafcadio Hearn, escritor, aventurero y recopilador de cuentos de fantasmas y de historias extrañas del antiguo Japón, el horror de la realidad no se manifiesta de un modo directo. En «La historia de Mimi-Nashi-Hoichi», el aeda es ciego, y ciego se enfrenta al mundo espectral sin saberlo. Los fantasmas están a su alrededor, le hablan, son una corte humana. Afuera vive el horror, pero él no lo sabe. Podríamos recordar acá un momento supremo de la literatura y del cine: las imágenes y los diálogos de Jack Torrance en el bar y los salones del Overlook en El resplandor. Torrance también estaba ciego, no veía a los fantasmas. La realidad, la monstruosa realidad, se transformaba en función del engaño. La locura, el mal, lo sobrenatural se transmutan y juegan a lo real; son pacientes, son artificiosos, nos seducen y nos lanzan por los caminos de la imaginación y del delirio. Al hablar de artificio, imaginación y transformación de la realidad, también estamos hablando de arte, de escritura. La literatura, como los muertos de Hearn, juega al engaño. El arte es engaño.

Para el relato popular, el horror no está en la descripción de los muertos. La oralidad muy pocas veces se detiene en la descripción como un dispensador o certificador de realidades. La oralidad tiene piernas fuertes y le gusta caminar. Los relatos de Hearn, inspirados en lo popular, no se detienen en descripciones; sus catálisis son de otro tipo. El momento final se retarda, pero a base de otros momentos, de repeticiones de los mismos instantes o de instantes similares, de diálogos incluso. Pero la descripción es mínima. Si ponemos los fantasmas afuera, en el papel, pues ellos permanecerán afuera. En cambio, si los presentamos, si nada más los narramos (los dejamos actuar), estos fantasmas tomarán «forma» en tu mente. Los cuentos veloces de Hearn no son Hollywood, no necesitan mostrarse con efectos especiales y demás.

Es de notar que en el cuento del aeda Hoichi, éste es cubierto de palabras mágicas, de letras, de grafías, representaciones del arte del lenguaje, de la imaginación, de la literatura. De este modo, las formas del terror no se manifiestan ante el poeta, y éste tampoco puede verlas, pero sí sentirlas. La palabra adecuada, el «encantamiento» no permite que el terror tome formas. exteriores. No obstante, el terror está allí, convertido en voces, en sonidos; está sugerido. Recordemos a David Lynch, por ejemplo, quien ha utilizado el sonido como una de sus marcas distintivas: la banda sonora de Lynch causa terror. Esos sonidos que traducen horrores, nunca encuentran formas absolutas o concretas en nuestra mente; es decir, el terror acá es igualmente ciego.

En el relato «Jikininki» el demonio se manifiesta ante los ojos del sacerdote Muso Kokushi como una sombra que devora a un cadáver. Una sombra "vaga y vasta". Cuando Muso, más adelante, se encuentra una vez más con el demonio Jikininki, éste tiene la forma de un viejo eremita. En «Mujina», el fantasma causa terror mostrando su cabeza sin rostro, sin facciones, totalmente lisa, vacía. Hacia el final de relato, cuando ya toda esperanza está perdida, cuando ya el personaje está a punto de sufrir lo indecible, la luz de la lintera se apaga. Allí se termina el cuento, pero también allí comienza el horror en nuestras mentes.

El terror en estos relatos de Hearn no tiene ojos hacia afuera; pero imagina, y su poder está en esa su capacidad para imaginar y hacer imaginar al lector. El cine mediocre y la literatura mediocre no nos dejan imaginar. No les gusta la imaginación, quieren ser más reales que la realidad. Este mundo, últimamente, está enfermo de realidad, y por ello, quizás deberíamos leer este libro de Hearn para aprender un poco más de la imaginación literaria, de las leyendas populares, de la fantasía que el legado de la humanidad guarda, y así alejarnos un poco de esa «realidad» escrita que tanto insiste en ser real, que tanto insiste en ser «verosímil» a toda costa.

lunes, diciembre 07, 2009

LAS PERIPECIAS INÉDITAS DE TEOFILUS JONES

Por Violeta Rojo




Como la memoria es algo tan raro, cada vez que leo o escucho el nombre de Fedosy Santaella recuerdo dos textos. Uno fue el primer poema que mi papá me enseñó a mis escasos seis años y dice en unos de sus versos:

Me agrada un cementerio/de muertos bien relleno,/manando sangre y cieno/que impida el respirar,/y allí un sepulturero/de tétrica mirada/con mano despiadada / los cráneos machacar.

A esa temprana edad aprendí que varios términos que entonces no conocía: el horror, el terror, lo fantástico y la literatura podían estar estrechamente vinculados. Como se imaginarán, uno de los pocos autores nacionales con los que puedo saciar mis ansias de muerte, sangre, maldad, violencia, fantasmas, zombies y demás entretenidos temas es Fedosy Santaella.

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones es un libro complejo, en cuya anécdota se funden el humor con ecos lejanos de Kafka y Saramago. Posiblemente parte de la diversión se encuentre en la mezcla de varios géneros deliciosos: es una novela distópica, es también una novela policial, es una novela apocalíptica y además, su protagonista es un gato. Lo único que faltaba para colmar mi felicidad es que apareciera un vampiro y creo que está allí y no demasiado escondido.

En esta novela tan des-generada se muestra una ciudad desordenadísima y sucia, en un futuro improbable en el que la planta insolente de los militares ha hollado el territorio patrio, se vive en medio de la escasez total de agua y electricidad, los procesos burocráticos han llegado a extremos ridículos, el desabastecimiento es terrible y el gobernante mayor padece de varios graves defectos: es teniente, además es un loquito iluminado que disfruta hablando durante horas, sus seguidores lo veneran de manera religiosa y está rodeado de imbéciles e incapaces y también de imbéciles incapaces.

Sin embargo, no vayan a pensar que Fedosy cometió el pecado de la alegoría, de la novela en fáciles claves, o que se pueden hacer equivalencias simples con lo que nos rodea. Lo que el autor hace uniendo de manera particularmente lograda la gracia y la angustia es hacer el retrato de un país en el que el bochinche bochinche es tal que se instauran simultáneamente el caos y la represión, nada responde a las lógicas leyes naturales y no naturales, todo es una locura o un absurdo o ambos, los funcionarios están dedicados a volver la existencia lo más difícil posible, la gente no piensa sino repite lugares comunes, aparecen iluminatti, los ciudadanos no saben ya que hacer porque han llegado a ese punto dantesco de abandonar toda esperanza y se debaten entre tratar desordenadamente de hacer algo para salir de la situación que viven o tirarse al estricote e intentar sobrevivir al horror; pero al final sucumben al Schadenfreude, la alegría por la miseria ajena, convertida así en el entretenimiento fundamental de la población.

Lo curioso del caso es que uno va leyendo las peripecias de Teófilus y disfruta, se ríe, pero también, se los aviso desde ya, pueden hiperventilar, angustiarse y llorar un poquito de acuerdo a las sensibilidades de cada cual. Porque en esta novela tan ficcional, tan llena de personajes increíbles hay algo más aterrador que el simple juego de la comparación entre realidad y ficción, y es cierto arquetípico, mitologémico componente que hace que el lector piense: esto muy divertido, muy ingenioso, muy cómico, pero aquí podríamos llegar y quizás aquí estamos.

Es esta vinculación compleja con la realidad la que hace que, cada vez que oigo o leo el nombre de Fedosy Santaella, salte a mi memoria, aparte del regusto de Espronceda por lo horrísono, un cuento brevísimo de Orlando Romano, llamado Arte y vida y que dice:

En un bar se me acercó uno de mis lectores. Comentó que un relato mío -el de seis bebés decapitados por su madre- lo tenía preocupado; quería saber si se trataba de un hecho real. "Naturalmente", le respondí. "Gracias al cielo", suspiró aliviado. Y agregó: Sería espantoso que la mente humana fuera capaz de inventar algo tan abominable".

Así mismo pasa con Teofilus Jones, Santaella fue capaz de inventar unos personajes espantosos haciendo cosas abominables en un país sumido en el horror, todo tan espantoso, abominable, horroroso, pero también tan cotidiano, tierno y risible como lo que nos rodea. Como bien sabemos, se sufre pero se goza.

viernes, diciembre 04, 2009

DE PLAYAS, FIESTAS Y MANGOS (REFLEXIONES SOBRE IDENTIDAD Y LIBERTAD EN LA ESCRITURA)




Una mano. Imagina una mano. Una mano que se mueve hacia delante, hacia atrás, hacia los lados. Una mano que encuentra, que siempre agarra, que siempre tiene un asidero: la maleta inmensa y proteica de la globalización. No vamos a discutir acá si este concepto (la globalización) es bueno o malo. No necesitamos eso por los momentos. No pretendo rasgarme las vestiduras. La globalización está allí, así como estás tú, así como estoy yo. Somos cuerpos presentes, y somos también inexorables. La globalización es. Lo globalización está. La globalización nos lleva inevitablemente a hablar de identidad y de libertad. Hay quien siente que la globalización mata identidades y esclaviza los espíritus bajo una sola visión, bajo una sola mirada «transnacional.». Bien por ellos, son inteligentes, yo no. Pero hablemos de literatura, que hacia allá es hacia donde pretendo ir.

Hace poco conversaba con una amiga poeta de Jamaica, ella me comentaba que en su poesía no hablaba de mangos ni de playas ni nada de eso. Que quien buscara en ella rastros característicos de la poesía jamaiquina no los iba a encontrar. Y es así: los tiempos del Realismo Mágico pasaron. Aunque en realidad el Realismo Mágico siempre ha estado muy bien donde está, y lo felicito. A mí me gusta, debo decir. Pero pretender, hoy en día, rasgos característicos de la identidad nacional en la literatura de un país se me antoja una labor a destiempo, y hasta esnobista. Los reduccionismos son peligrosos. Los reduccionismos nos llevan al cliché, y el cliché definitivamente no es arte. No me canso de decirlo: el arte (y la literatura es arte) es la lucha constante contra el lugar común, contra el mal gusto del lugar común. No hay arte en el lugar común. Pero tampoco debemos temerle al mango ni a la playa ni a la fiesta de rigor; lo que sí es abominable es la simplificación superficial. Si el mango aparece en mi escritura, está bien, porque en mi país hay mangos y porque la historia que estoy escribiendo así lo requiere, pero no porque yo piense que eso define a mi país. Así de simple.

Las literaturas nacionales no existen, y en estos tiempos menos. Pero no porque estén perdiendo su identidad, sino porque no están jugando al juego de los lugares comunes que nos harán vender más libros en otras partes del mundo. Las literaturas nacionales de Latinoamérica, por ejemplo, se han ido liberando del esclavismo de las etiquetas en una búsqueda de identidades más propia, más íntima, más verdadera. La mano de la que hablábamos al principio puede alcanzar una gran cantidad de mundos a través de la televisión, de Internet y del cine; ya nada pareciera pertenecer a nadie, ya nada es extraño, ni absolutamente impreciso. En Venezuela podemos escribir una novela relacionada con la Alemania Nazi y en Jamaica un poema donde una arepa venezolana se enamore de un pollo al mole mexicano. Franz Kafka, en la novela inconclusa que Max Brod llamó Amerika, nos presenta una estatua de la Libertad que porta una espada. Quizás esta imprecisión sea una de las tantos destellos del frecuente humor en Kafka, pero lo que sí es cierto es que él nunca estuvo en los Estados Unidos. Hoy en día, y una vez más, a menos que sea ex profeso, un error como éste es impensable. Sólo tienes que acudir a las imágenes de Google para saber lo que realmente porta la estatua de Bartholdi.

Así, me resulta absurdo creer que la identidad dependa de una mata de mango o de una playa caribeña. La identidad se encuentra en nuestra libertad, en nuestra responsabilidad y sobre todo en nuestra seriedad para manejar todos los elementos que tenemos a nuestro alcance. Gabriel García Márquez consiguió su identidad como escritor usando con toda libertad las viejas historias de su región, pero al mismo tiempo, serio y responsable, les dio un espesor intelectual y creativo que las convirtió en obras de arte. Isabel Allende, en cambio, sin mayor interés en la búsqueda de la identidad artística, ha llevado a los Estados Unidos copias baratas de la literatura de García Márquez. Algo similar ocurrió con Junot Díaz, que se ganó el Pulitzer con una versión fácil, más digerible de la Fiesta del Chivo de Vargas Llosa, unida a otros elementos garcíamarquianos.

La búsqueda de la identidad creativa se encuentra también en la honestidad. En mi caso, debo decir que en mi cabeza no hay solamente literatura. Quizás, incluso, lo que menos tengo en ella es literatura. En mi cabeza hay cine (mucho cine americano), televisión y comerciales de televisión. Hay música y también mucho cómic. Me gusta Batman y me gusta John Constantine; es más, me atrevo a decir que si en Venezuela hubiera industria del cómic, yo estuviera escribiendo novelas gráficas y no literatura. Pero como escribo, y soy libre de hacerlo, pues no me privo de usar todo lo que llevo en mi cabeza. ¿O debo acaso obviar todo sólo porque estoy escribiendo «literatura»? Y por favor, ¿puede alguien decirme qué es «LA literatura»? Pasa que muchos escritores quieren ser «serios», elevados, profundos en su muy «serio» esnobismo. Hay, no me cabe duda, mucho de cliché de la imagen del escritor en esta pretendida seriedad. El cliché del escritor es peligroso. Para algunos, se trata de un tipo loco, fuera de la norma social, desaliñado, bebedor o drogadicto que detesta a la sociedad. Para otros, es un hombre con una barba poderosa de pensamientos profundos que vive atormentado por los males del mundo; un filósofo amargo digamos. En realidad, para mí, un escritor no es nada de esto. El escritor es aquel que se sienta a escribir todos los días, con disciplina, talento, honestidad y seriedad.

Los escritores deben luchar contra el cliché. Porque el cliché es lo peor que le puede pasar al arte. Aun así, y paradójicamente, al huir de algunos clichés más o menos generalizados, vamos y caemos en otros más o menos exquisitos. Porque hay clichés de clichés. Es decir, algunos son menos reconocibles, pero todos son clichés al fin y al cabo. La lucha del escritor, del artista, es tratar de salirse de todos ellos. Es difícil, muy difícil encontrar tu propia identidad, pero yo pienso que la mejor manera de empezar es siendo honesto con uno mismo.

Cuando desde el gobierno de tu país te dicen que existen libros «capitalistas», y te dificultan la entrada de los libros que quieres leer, y te dicen que pronto se crearán grupos de lectura de libros «socialistas» y que leer individualmente será un pecado capital; cuando ciertos grupos culturales pretenden decirte que esto o aquello es literatura y promocionan descaradamente a sus protegidos; cuando todas estas cosas horrendas pasan, el escritor debe alzar la frente y hacer uso de una de las palabras más guerreras del mundo: la libertad. ¿O es que queremos ser igual a todos, y escribir todos sobre lo mismo y del mismo modo? ¿Tanta es nuestra necesidad de pertenecer al rebaño? Cuando alguien me dice que quiero ser comercial porque mi estilo es cinematográfico, yo no sé qué decir. En verdad no tengo otra manera de escribir. Yo simplemente soy honesto conmigo, y por este camino voy transitando. Yo simplemente hago uso de mi libertad creativa a la búsqueda de mi identidad, de mi estilo literario. Allá aquellos que se privan de ser quiénes realmente son para no ser etiquetados de comerciales pero sí aceptados por los gurús literarios de turno. ¿No es esto absurdo? ¿No hay algo raro allí?

Yo sólo sé que mi mano no encuentra rejas ni paredes en su camino. Yo sólo sé que mi mano se lleva a la boca otras comidas: falafel, tacos, hamburguesas, alitas de pollo, sobrebarrigas, arepas, bifes de lomito y jambalayas. Y no lo olvidemos, de postre, podríamos tener algún mango. Cuánto extraño un día de playa en la isla de Margarita. Aunque para serles sincero, yo jamás he comido mango en la playa.

Muchas gracias, y nos vemos en la fiesta.

jueves, diciembre 03, 2009

Fedosy visitando a Pollock

domingo, noviembre 15, 2009

Max Klinger, "Ein Handschuh" (Un guante)


PREÁMBULO O EL LUGAR


ACCIÓN



LAMENTOS



RESCATE



TRIUNFO


HOMENAJE


ANSIEDADES




REPOSO



RAPTO




AMOR

lunes, noviembre 09, 2009

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones (invitación)

miércoles, octubre 28, 2009

Cuentos sin palabrotas




CUENTOS SIN PALABROTAS, ANTOLOGÍA DE CUENTOS VENEZOLANOS
Alfaguara, serie roja.
Compilador: Fedosy Santaella.


Pedro Emilio Coll
José Rafael Pocaterra
Leoncio Martínez
Julio Garmendia
Salvador Garmendia
Ednodio Quintero
Francisco Massiani
Armando José Sequera
Arturo Uslar Pietri
Otrova Gomas
Eduardo Liendo
Laura Antillano
Gabriel Jiménez Emán
Roberto Echeto
Enrique Enríquez
Milagros Socorro
Omar Mesones
Eloi Yague
Mireya Tabuas


En este libro están prohibidas las PALABROTAS. Pero no te creas que las PALABROTAS de las que hablo son ésas que conocemos como groserías, palabras gruesas, gazapos, improperios, insultos, sapos, culebras y no sé cuántas denominaciones más. Para mí, las PALABROTAS son las palabras que algunos usan para que la gente crea que son GRANDES escritores. Es decir, hay quienes usan palabras tan altisonantes que parecieran haber hecho un doctorado en pomposidad, palabras como muy maquilladas que se presentan cual señores en trajes de gala y caminando con zapatos de charol a orillas de una playa caribeña.


sábado, octubre 24, 2009


La mujer loca camina frente a mí
dando tumbos sobre la acera del mundo,
girando su cabeza al vilo,
cuello de gallina sacrificada
sobre la dura piedra del haber nacido.

Lleva una maraña de bolsas,
migas de cordura, gemas verdes
atesoradas en el balbuceo de los recuerdos.
Y un abrigo grueso, muy parecido al mío,
abierto para la obsidiana de la intemperie.
Me gusta, quizás nos gusta
el vaho del otoño sacerdotal contra el pecho,
y no usar guantes cuando todavía estamos a tiempo
de sentir algo, aunque sea el frío.

Se detiene, y yo aminoro el paso,
temo que voltee y me muestre su rostro.
Su montura vieja, sus lentes,
aumentándole los ojos a los espejos
que cantan oraciones olvidadas
en la caverna del progreso.

Pero la mujer loca sigue, cruza más adelante,
se pierde por un callejón solitario de Iowa City.
Y yo sigo de largo, desnudo con mi verdadero rostro.

Por fortuna, no hay nadie,
en este callejón, nadie más que yo.

viernes, octubre 23, 2009

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones (fragmento)


Entonces algo cambió. El ejército tomó las calles. Hubo tanques en todas las esquinas y botas en
todas las puertas.

Cada maniobra, cada acto, cada atropello y cada exceso, tuvo una razón de ser. Única, exclusiva, inextricable. Todo se justificó por la falta de lluvias, por la falta de agua, por el racionamiento, por el bien de la Nación.

La matanza de las mascotas, por la falta de agua; el horario reducido de la corriente eléctrica, por falta de agua; el cierre de clínicas, universidades, canales de televisión y de periódicos, por falta de agua; la barba y el uniforme, por falta de agua; la reubicación de los ciudadanos, por falta de agua; el racionamiento de la comida, por falta de agua…

No había argumento que pudiera rebatir semejante excusa.



________

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones.
Fedosy Santaella, Alfaguara, 2009.

lunes, octubre 19, 2009

En tres mordiscos


El joven William Merrik era hermoso, hermoso como nadie. Tanto lo era, que llegó a temer profundamente la degradación de la carne. Con el paso de los años, se anuló por completo, y sólo tenía una obsesión. Pasaba días y noches enteras anhelando que el demonio apareciera. No dormía, no trabajaba, no se alimentaba, nada más se dedicaba a desear un pacto de eterna belleza con el mal supremo.

Pero el demonio no se aparece así de fácil, como en los libros, como en las novelas, como en los cuentos. El demonio se hace esperar, y en tanto Merrik más lo quería, más el demonio se ocultaba en las espaldas del joven hermoso.

Una madrugada, ya famélico, ya con la belleza chupada sobre sus carnes magras, Merrik recibió la visita esperada.

—Mi nombre es Lovecraft, y te voy a dar la vida eterna.

Merrik quiso hablar. Entendía que con el diablo se debía negociar, poner las cláusulas en letra grande, dejarlo todo muy claro. Pero se hallaba muy débil, en un estado de absoluta indefensión. No podía pronunciar palabra, no podía ni mover un dedo. El diablo se inclinó y lo besó en la mejilla. Luego partió. En pocos días, William Merrik recuperó sus carnes, su lozanía, su belleza.

Salió al mundo, se mostró en toda su plenitud. Visitó el circo de los salones, conoció los lechos más encumbrados. Fue la atracción del momento. Se entregó sin reserva a los excesos. Bebió bodegas enteras. Tuvo sed constante, como si necesitara hidratación a cada segundo. En su ebriedad el mundo se le presentó como una membrana acuosa, ondulante, borrosa. Fue como vivir dentro de un tanque de agua. Pero nunca le importó todo aquello. «Soy inmortal», llegó a decirse, «ya tendré tiempo de pasar una larga sequía de sanidad y hastío.»

Una mañana se asomó al espejo por primera vez en meses. Se llenó de pánico, gritó, se llevó las manos a la cara. Cayó de rodillas y supo con toda certeza que lo que le estaba ocurriendo era real. Lovecraft el demonio le había jugado una mala pasada. Le había dado vida eterna, pero no eterna belleza. Todo lo contrario, al parecer, lo había condenado a la deformación infinita.

Así, William Merrik mutó en el ser más deforme jamás visto sobre la tierra. Paradójicamente, al cabo de un tiempo, volvió a convertirse en la atracción del momento, en el centro de los circos de fenómenos, regentados por hábiles comerciantes como Sam Torr y Tom Norman. Lo llamaron «El Hombre Pez». Tal era la impresión que daba cuando se le veía.

Se puede decir que, a pesar de todo, durante un tiempo la pasó bien entre sus iguales. Hizo amistad con otros seres de feria y anduvo a gusto entre ellos. La resignación tiene sus beneficios. Pero a medida que se volvía más deforme, el escándalo y el horror eran mayores. La gente se desmayaba, lloraba, gritaba. Las autoridades terminaron prohibiendo su exhibición por considerarla una afrenta pública, un acto indecente contra la moral y las leyes de Dios. Expulsado así hasta del circo, vagó durante meses por las calles, cubierto con un sobretodo roñoso. La sombra de un gran sombrero le cubría el rostro.

Su situación se hizo cada vez más patética. Tenía hambre y sed constantes, pero sobre todo sed; y aunque ya no bebía licor, el espacio seguía comportándose ante sus ojos como las profundidades de un oscuro mar. Imploraba a Dios que le trajera la muerte. La deseó tanto como en aquel tiempo en que solicitaba al demonio un pacto de belleza eterna.

Un día, al borde del delirio por causa de la sed, se lanzó a una fuente. Allí estuvo, acostado, con la cabeza afuera, moviendo los brazos. No cabía en su contento. En su garganta nació una risa que era más bien como un bufido, como un bramido, como una explosión de ira y dolor. El pavor ahogó el pecho de los transeúntes. Un grupo de temerarios, los violentos de siempre, lo sacaron de la fuente y le propinaron una multitud de golpes y patadas. La policía llegó, pero nada hizo; sólo cuando la violencia estuvo cercana al asesinato, tomaron parte y separaron a los indignados ofensores. A duras penas, William Merrik pudo alejarse del lugar y refugiarse en un callejón oscuro. No paraba de rememorar el breve instante de felicidad que había tenido en el agua de la fuente. Se había sentido, literalmente, como un pez en el agua, su verdadero elemento, su verdadero hogar. Se juró a sí mismo huir hacia el mar que no conocía, hacia aquel paraíso acuático. Partiría al mar tan pronto pudiera mantenerse en pie.
Esa noche, Lovecraft el demonio, se le apareció.

—Vine a ser piadoso. Es decir, vine a llevarme tu alma.
—No, yo quiero ir al mar, allá pertenezco.
—Es demasiado tarde. Haz pedido la muerte hasta el cansancio, y la muerte te ha sido concedida.
—Pero era un deseo para Dios, no para el demonio.
—¿Y quién te ha dicho que no somos el mismo?

Lovecraft se inclinó sobre William Merrik, y tal como hizo quién sabe hacía cuánto, lo besó en la mejilla. Con el beso, Merrik se volvió mortal, y todo el daño del linchamiento cayó sobre su cuerpo y empezó a morir.

El demonio Lovecraft soltó una gran carcajada.

—¿De qué te ríes, maldito? —soltó Merrik con lo que le quedaba de vida.
—De que en realidad te volví hermoso. Eres el más hermosos endriago de las profundidades del mar. Pero eso no lo verás nunca, porque ya estás muerto.

Y en efecto, William Merrik, el Hombre Pez, falleció al instante. En su lugar, bajo sus harapos, quedó una criatura de líneas perfectas y ajustadas para el ambiente donde debió de haber vivido. Bajo sus ropas, yacía un pez muerto.

Olisqueando, un perro se acercó a las telas mugrientas. Con sus dientes, hurgó entre las ropas y encontró el pez. En tres mordiscos se lo despachó.

domingo, septiembre 13, 2009

Jugué con ella en los rincones


Jugué con ella en los rincones, alejados de la fiesta, invisibles en el laberinto de la mansión. Ella apretó mis erecciones, me mostró los senos y abrió las piernas para transpirar desde su pantaleta mojada. Y yo reí satisfecho de mi poder y de mi perversidad gozosa. Me la llevé a la habitación. Ella mostró la plenitud de su cuerpo de pie sobre la cama. Entre sus muslos de mármol los dioses del bosque habían clavado un erizo pulposo con ventosas que prometían succiones místicas. Yo abajo, entre sus piernas, me quemaba en la delicia, y mi torre vibraba en el terremoto de la excitación. El erizo bajó, tomó la torre, se la tragó. Sus nalgas reventaron como olas contra mis piernas. Sus golpes se escucharon en el infierno, y hubo carnavales; y en el cielo, velorios con plañideras.

lunes, septiembre 07, 2009

Micro Absurdia




Un concurso de belleza de senos naturales cuyo premio sea una cirugía plástica de senos.


jueves, septiembre 03, 2009

De los ingleses y los franceses en 1878



El tomo VIII del libro The Society of Arts Artisan Reports on the Paris Universal Exhibition of 1878 dedicado a las imprentas, nos presenta un interesante y minucioso detalle sobre los distintos países que llevaron su tecnología editorial a París. El reporte está hecho por los ingleses William Bright y Peter Lowson, y fue publicado un año más tarde del gran evento (1879).

Bright nos dice que la exposición fue «extremely poor» en lo que atañe a la impresión, y nos cuenta que, aun así, los franceses fueron los más destacados. Las descripciones más interesantes que Bright nos regala son las de las máquinas de M. Marinoni, «eminent mechanichian». Son tres, y una de ellas, la «Petit Journal», puede imprimir 40.000 mil ejemplares en una hora. Dice también que aquellas máquinas son manejadas por jóvenes aprendices, huérfanos de un orfanato ubicado en Auteuil.

Pero lo realmente interesante se encuentra hacia el final del libro, y corre por cuenta de Lowson. Luego de que nuestro inglés describe muy seriamente todas las maquinarias que observó, se detiene de pronto, en los últimos párrafos, a hacer una comparación entre los ingleses y los franceses. Dice Lowson, por ejemplo, que cuando un hombre y una mujer de la clase trabajadora inglesa se casan, la mujer deja su trabajo y se dedica al cuidado del hogar, de su marido y más adelante de los hijos. Luego, con molestia, nos informa que las mujeres francesas no dejan de trabajar, y que cuando tienen hijos, los meten en guarderías, donde pagan 30 o 40 francos y a veces un kilo de azúcar por mantenerlos allí. Nos dice además que los niños están en esa situación hasta aproximadamente los 4 años. Preocupado, también nos cuenta que muchas muertes han ocurrido «in this system of baby farming». Lowson no se explica mayormente, lo que resulta lamentable. No obstante, sí aclara que las autoridades están mirando más de cerca la situación.

Y así, Lowson continúa con su crónica, sin dejar de mostrar su creciente inconformidad y desacuerdo con el estilo de vida francés. Juzgo acá interesante transcribir lo que Lowson escribe:

«This manner of life, common amongst the working classes, appears to me to be altogether unsound. There is not that home feeling amongst them that there is with us; the greater part of the time is spent away from home, and home is but a place to sleep in. As both the husband and the wife are engaged at work in the day time, their meals are obtained at restaurants, or at the wineshops, and in the evening it is common to see the man and the wife meet each other there or come in together, and sit down at the table to enjoy their dinner.»

Cuando uno lee esto no puede dejar de pensar en nuestra vida moderna, en nuestros niños, en nuestros preescolares, en nuestros almuerzos afuera, en nuestros encuentros en restaurantes. Somos, sin duda, antiguamente modernos. Claro, también es interesante ver la concepción del rol de la mujer en las dos culturas, donde por supuesto, los ingleses no salen bien parados ante los ojos de las lectoras de hoy.

Tampoco pude dejar de pensar que nuestra herencia es definitivamente romance, latina. Porque sin duda, ese estilo de vida que el inglés describe, y con el cual está en desacuerdo, es muy parecido al nuestro, y muy distinto, hoy en día, al norteamericano, por ejemplo. Pienso pues en Vito Modesto Franklin, el duque de Rocanegras, así como en Guzmán Blanco y en nuestra pretendida París tropical. Veo allí una huella «francesa» (yo diría más bien latina, en contraste absoluto con la visión existencial del anglosajón) en nuestra cultura. Quizás me equivoco, posiblemente. No tengo todo el panorama ante mí. Lo que sí no deja de resultar maravilloso es esta crónica inglesa en torno a la «clase trabajadora francesa» de 1878. Un delicioso descubrimiento.

martes, agosto 25, 2009

¿Cómo escribo?


La lista anterior y sus meditaciones nos ayudan a entender un poco cómo escribo. O eso creo yo. Digamos que esas lecturas de mis primeros tiempos, esas de la biblioteca de mi papá, fueron las que me convirtieron en escritor, y las que marcaron mi estilo. Mi papá era lector, pero llegó apenas hasta primaria (debo agradecer que haya seguido interesado en la lectura). Por lo tanto, no era un lector culto. En casa había mucho best seller. Estaba Irving Wallace y Stephen King, y también tuve una colección juvenil, con versiones de Ivanhoe, De la tierra a la luna, La vuelta al mundo en 180 días, La isla del tesoro, en otras novelas maravillosas. Luego llegarían Edgar Allan Poe y Herman Hesse. Por cierto, me recuerdo claramente leyendo el Demian de Hesse, donde se habla del dios Abraxas, y escuchando al mismo tiempo (los jóvenes pueden hacer mil cosas simultáneamente) el album Abraxas de Santana. Después vendrían Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges. Algunos dirían que subí de nivel. Pero sepan que luego me puse a leer cómics de Moebius y Jodorowsky, y me afilié a la revista Heavy Metal, y después me encontré con Arthur Conan Doyle, y con Maurice Leblanc y con Gastón Leroux, y luego con Raymond Chandler, Dashiell Hammett, y Patricia Highsmith. Y volviendo al cómics, confieso que ya no puedo vivir sin Neil Gaiman, Dave McKean, Frank Miller, y el gran Alan Moore. Soy un muchacho incorregible, lo sé.


Pero todo esto nos lleva siempre hacia la escritura, y a determinadas afirmaciones de mi parte. La primera: yo soy un escritor que cuenta historias. Ya lo dije, me gustan las palabras, la lengua, su poesía; pero no soy un autor de trabajar exclusivamente con el lenguaje. Soy un contador de historias, un montador de estructuras. De aquellos primeros años me quedó esta enfermedad. En la escritura e incluso en la lectura. Un libro que se tarde en contar la historia, que se complazca demasiado en las palabras, me cansa y me aleja. Por lo general, intento buscar un equilibrio entre la palabra y la historia. Soy también lector de poesía, y me gusta jugar con las palabras, retorcerlas, iluminarlas si puedo, pero al mismo tiempo busco contar una historia de una manera directa y sencilla. En esa búsqueda del equilibrio ando.


Por otro lado, la mayoría de aquellas lecturas, me llevaron por caminos repletos de imaginación, de fantasía, de magia (ya lo dije, la magia es un virus). Así que acá viene la segunda afirmación: me fascina escribir historias ligadas a lo fantástico, al surrealismo y a lo ilógico. Parto con frecuencia de la realidad, pero intento convertirla en algo más, en algo extraño, oscuro y al mismo tiempo luminoso. En ese sentido soy muy cortaziano, y también un seguidor del concepto de extrañamiento de los formalistas rusos. La literatura para mí es un descontextualización de la realidad, que a su vez busca descubrirla, mostrarla en su plenitud. El absurdo como recurso, como herramienta, me resulta muy atractivo. Y por esta vía, llegamos a una tercera declaración: me gusta también escribir con humor (o al menos lo intento). Hubo, de aquellos primeros años, dos escritores que me marcaron: Otrova Gomas y Armando José Sequera. De igual modo, tengo una profunda deuda con La antología del humor negro de André Bretón, que me llevó a los surrealistas, a Alphonse Allais, a O. Henry, a Alfred Jarry, y de allí a Saki y a Bierce, entre otros. El humor es un arma poderosa, una herramienta de ataque que te permite entrar en el mundo, y destapar las ollas de la estupidez.


Cuarta declaración: no estoy hecho sólo de literatura. También estoy hecho de cine y de cómics. Hay gente que me dice que mi escritura parece una película, otros también me han comparado con el lenguaje del cómic. Debo decir que me siento halagado con esos comentarios. Incluso he estudiado algunas técnicas de escritura de guiones que luego he aplicado mi escritura literaria. Todo esto forma parte de un todo con esa escritura donde busco contar historias que atrapen al lector. Ahora, hablar de mis influencias cinematográficas sería muy arduo. Pero nombrar a algunos ayuda: David Lynch, Alfred Hitchcock, Federico Fellini, Stanley Kubrick, Martin Scorsese, Francis Coppola, Woody Allen, Harry Kümel, Quentin Tarantino, Clint Eastwood, Carol Reed, Werner Herzog, Win Wenders, y el más reciente cine de horror de Asia.


Eso es todo por los momento, gracias.


lunes, agosto 17, 2009

¿Por qué escribo?



Yo creo que uno nunca sabe muy bien por qué escribe. Pero haciendo un intento, he hecho una lista de las razones por las que escribo. No sé, me pongo a pensar en todas estas razones, y pienso que una persona que no escribe también pudiera haber escrito estas frases en su lista sobre por qué es lector, por ejemplo. En el fondo, pareciera haber algo más allá de las simples razones vivenciales. Pero esa parte quedará siempre en el misterio, en alguna parte del firmamento.

Acá, de cualquier manera, la lista:


Porque mi papá era lector y tenía una biblioteca en su casa, y yo comencé a leer desde pequeño.

Porque leí a Edgar Allan Poe y a Stephen King en esa biblioteca.

Porque creo que hubo un complot en mi contra hace muchos años. Miro hacia atrás, a todos los otros Fedosy que yo fui, y que ya no soy yo, y no sé si alguna vez fueron yo, y los veo leyendo, o frente al mar, o temiéndole a una sombra en la ventana, y me doy cuenta de que esos otros Fedosys no estaban haciendo más que acumular momentos de vida, que luego conformarían al Fedosy que escribe.

Porque escribir es volver a intentar leer con la emoción que leía cuando era joven.

Porque alguien de mi familia, cuando yo era niño, dijo que me iba a volver loco de tanto leer, y yo seguí leyendo, y me puse a escribir. Y a lo mejor mi locura es eso: la escritura.

Porque no sirvo para las matemáticas, ni para la ingeniería, ni para ser comerciante.

Porque tampoco fui bueno en los deportes.

Porque quiero que mi padre, que era comerciante, se sienta orgulloso de mí, donde quiera que esté.

Porque tengo muy mala memoria, y escribir narrativa es una manera de contar el pasado sin que nadie te diga que eso no fue así.

Porque siento una extraña fascinación por las palabras. Porque amo las palabras.

Porque no me gusta la gente y con la gente que me invento estoy mejor.

Porque soy tímido.

Porque soy una persona maléfica.

Porque me gusta llevarle la contraria a todo el mundo.

Porque cuando se me ocurre una idea me estalla una luz en la cabeza que no se apaga hasta que la escriba.

Porque no hay nada bueno en la televisión.

Porque si no estuviera escribiendo, estaría bebiendo.

Porque escribir es un vicio, y como no bebo, escribo.

Porque nací cerca del mar, y porque de niño jugué en una plaza con elefante de hierro, y porque en Puerto Cabello, la ciudad donde nací y crecí, hay una calle antigua y dos castillos coloniales. Y creo que allí hay un tipo de magia que se te contagia. La magia es un virus.

Porque el mar se te mete en el alma y te abre inmensidades.

Porque vi a Uri Geller en televisión doblando cucharas.

Porque escuché a Rimski-Korsakov y a Iron Maiden el mismo día, cuando tenía unos 11 años.

Porque es una vaina que quema, y las llevas dentro, y te hace sentir vivo.

Quizás yo soy, en el fondo, un hombre antiguo. Porque eso de repetir momentos, sensaciones, se asemeja a lo que los hombres primitivos e instaurados en el pensamiento sagrado hacen con sus rituales: nada más y nada menos que la persecución del tiempo perdido, su repetición ritualista, que no es otra cosa que la droga que nos saca del presente horrendo y caótico y nos instaura en el orden perfecto del cosmos, junto a los dioses que se fueron a otra parte, y nos dejaron solos para siempre. Mi edad de oro, mi Paraíso terrenal están en otra parte; y también mi niñez, ese breve regalo de eternidad que nos regala el nacer.

sábado, agosto 08, 2009

Eleazar



Eleazar fue uno de los primeros que creyó en mí. Lo conocí en la Central, fui su alumno de taller de narrativa. Yo iba poco a sus clases, no por él, sino porque en ese entonces yo no hacía más que beber. Él me dijo al final: «Te puse 16, hubieras podido salir mejor, pero nunca ibas». Luego empezamos a salir. Anduvimos por el O Gran Sole. Allí, una vez, recitó de memoria un poema de Fayad Jamis que hablaba del sombrero de un hombre en París, ¿o de un ahorcado en un café? Sí, se trataba de «El ahorcado del café Bonaparte». Fue la primera vez que escuché a un poeta recitar a otro poeta. Eleazar tenía una memoria poética excepcional, seductora, y además era igualito a Omar Sharif, pero de baja estatura. Su voz, su voz era la que debía tener un poeta. Profunda, con ribetes de bosque y de riachuelos. Voz de místico sereno y de loco iluminado. También estuvimos por Tío Pepe, y por el Triana Tropical. Terminábamos en la madrugada en una arepera de El Rosal, tomando hervidos de carne.

Eleazar era un caballero andante. Tuvo de sobra enemigos. Fue un radical en su lucha contra los ignorantes cosmopolitas, que sobran y que ahora le rinden homenajes. Eleazar sabía que existían otras partes. Había estado en ellas, había visto y vivido de verdad el mundo, e incluso el Universo. Y eso estaba en él, fresquísimo en cada encuentro. Sentado allí, a la mesa, sentías como si hubiera llegado el día anterior de París, o de Marte, y estuviera hoy tomando contigo en el Tío Pepe.

Fue mi tutor de tesis creativa. Leyó mis cuentos, los conversamos en las mesas de la universidad, me sugirió cambios, y no insistió mucho en la introducción. Esto traería consecuencias a la hora de la presentación de la tesis. Pero él me defendió con gallardía y le dijo a un jurado necio algo así como: «Pero si lo que importa es la creación, no la teoría».

Eleazar luchaba contra el mal con elegancia, con pasión en la mirada, y con poemas excepcionales. Yo los leí y los volví a leer y los sigo leyendo, extasiado, asombrado y admirado de haber tenido la suerte de compartir terrenidades con un inmortal.

Eleazar es uno de nuestros más grandes poetas. Pero tenía una guerra en la lengua, y eso, a los que creen que todo en la vida es bonito, no les gusta; y eso, a los que creen que tienen agarrado a Dios por los cachos y al diablo por la barba, nos les gusta. Pretendían dejarlo a un lado, pero su poesía es más fuerte que ellos, y que él mismo incluso. Así era Eleazar, una caballería andante de poesía y temperamento que atropellaba. Saludos, maestro, saludos, y gracias por creer en mí.


Grandes movimientos

Alguien llega del olvido y encuentra la claridad.
Alguien deja la claridad y encuentra la sombra.
Ir y venir, alguien encuentra algo y luego lo arroja.
Luego lo busca y se redime, y luego lo pierde.
Alguien parte y solloza, alguien arriba a cualquier parte.
Luego regresa o no regresa, luego encuentra un lugar.
Alguien descubre al viento siguiéndole los pasos.
Se sorprende, de golpe, en los brazos del viento.
Alguien cae y se yergue, atado a un torbellino.
Alguien recuerda el mar y se moja y navega.
Alguien busca en la tierra la premura del agua.
Allí olvida la sombra y halla la claridad.
La claridad lo arroja y lo busca la sombra.
Alguien ve a mediodía lo que ve a medianoche
y sabe que ha llegado a ninguna parte.
Alguien palpa una piedra y descubre una historia.
En ella sufre alguien y sueña el fuego.
Una llama se anima y la historia se incendia.
Luego aparece el frío y asciende en las fogatas
para que alguna vez vuelva a comenzar.
Alguien hunde las manos en grandes movimientos
y fluye y amanece y estalla en ríos, noches.
Olvido y claridad, viajes y sombras
soplan en su destino.

Eleazar León.

jueves, agosto 06, 2009