Nos dicen los sociólogos o los filósofos
que lo aeropuertos son lugares de tránsito,
arena donde nuestras huellas se mojan
en la playa del regreso y de las despedidas.
Pero no es cierto, yo lo he sentido.
Cada vez que llegamos a un aeropuerto,
allí, en las sillas de espera, en los pasillos,
en la mesita donde reposan tres granos de azúcar,
en el ir y venir de las maletas, algo
que es nuestro con nosotros se encuentra.
Los aeropuertos son cajas de rompecabezas incompletos,
ruletas periódicas que al mundo sostienen, lejanía cercana
y más sentida, un mensaje que te salva del tedio,
el único lugar por derecho para el silencio.
Alabado sea el viajero solitario, alabado sea quien en compañía
se dedica a rezar
permanencias con la mirada, quien
detrás de lo
efímero, adivina, calla y sin más aporta la pieza que faltaba.