
Una mano. Imagina una mano. Una mano que se mueve hacia delante, hacia atrás, hacia los lados. Una mano que encuentra, que siempre agarra, que siempre tiene un asidero: la maleta inmensa y proteica de la globalización. No vamos a discutir acá si este concepto (la globalización) es bueno o malo. No necesitamos eso por los momentos. No pretendo rasgarme las vestiduras. La globalización está allí, así como estás tú, así como estoy yo. Somos cuerpos presentes, y somos también inexorables. La globalización es. Lo globalización está. La globalización nos lleva inevitablemente a hablar de identidad y de libertad. Hay quien siente que la globalización mata identidades y esclaviza los espíritus bajo una sola visión, bajo una sola mirada «transnacional.». Bien por ellos, son inteligentes, yo no. Pero hablemos de literatura, que hacia allá es hacia donde pretendo ir.
Hace poco conversaba con una amiga poeta de Jamaica, ella me comentaba que en su poesía no hablaba de mangos ni de playas ni nada de eso. Que quien buscara en ella rastros característicos de la poesía jamaiquina no los iba a encontrar. Y es así: los tiempos del Realismo Mágico pasaron. Aunque en realidad el Realismo Mágico siempre ha estado muy bien donde está, y lo felicito. A mí me gusta, debo decir. Pero pretender, hoy en día, rasgos característicos de la identidad nacional en la literatura de un país se me antoja una labor a destiempo, y hasta esnobista. Los reduccionismos son peligrosos. Los reduccionismos nos llevan al cliché, y el cliché definitivamente no es arte. No me canso de decirlo: el arte (y la literatura es arte) es la lucha constante contra el lugar común, contra el mal gusto del lugar común. No hay arte en el lugar común. Pero tampoco debemos temerle al mango ni a la playa ni a la fiesta de rigor; lo que sí es abominable es la simplificación superficial. Si el mango aparece en mi escritura, está bien, porque en mi país hay mangos y porque la historia que estoy escribiendo así lo requiere, pero no porque yo piense que eso define a mi país. Así de simple.
Las literaturas nacionales no existen, y en estos tiempos menos. Pero no porque estén perdiendo su identidad, sino porque no están jugando al juego de los lugares comunes que nos harán vender más libros en otras partes del mundo. Las literaturas nacionales de Latinoamérica, por ejemplo, se han ido liberando del esclavismo de las etiquetas en una búsqueda de identidades más propia, más íntima, más verdadera. La mano de la que hablábamos al principio puede alcanzar una gran cantidad de mundos a través de la televisión, de Internet y del cine; ya nada pareciera pertenecer a nadie, ya nada es extraño, ni absolutamente impreciso. En Venezuela podemos escribir una novela relacionada con la Alemania Nazi y en Jamaica un poema donde una arepa venezolana se enamore de un pollo al mole mexicano. Franz Kafka, en la novela inconclusa que Max Brod llamó Amerika, nos presenta una estatua de la Libertad que porta una espada. Quizás esta imprecisión sea una de las tantos destellos del frecuente humor en Kafka, pero lo que sí es cierto es que él nunca estuvo en los Estados Unidos. Hoy en día, y una vez más, a menos que sea ex profeso, un error como éste es impensable. Sólo tienes que acudir a las imágenes de Google para saber lo que realmente porta la estatua de Bartholdi.
Así, me resulta absurdo creer que la identidad dependa de una mata de mango o de una playa caribeña. La identidad se encuentra en nuestra libertad, en nuestra responsabilidad y sobre todo en nuestra seriedad para manejar todos los elementos que tenemos a nuestro alcance. Gabriel García Márquez consiguió su identidad como escritor usando con toda libertad las viejas historias de su región, pero al mismo tiempo, serio y responsable, les dio un espesor intelectual y creativo que las convirtió en obras de arte. Isabel Allende, en cambio, sin mayor interés en la búsqueda de la identidad artística, ha llevado a los Estados Unidos copias baratas de la literatura de García Márquez. Algo similar ocurrió con Junot Díaz, que se ganó el Pulitzer con una versión fácil, más digerible de la Fiesta del Chivo de Vargas Llosa, unida a otros elementos garcíamarquianos.
La búsqueda de la identidad creativa se encuentra también en la honestidad. En mi caso, debo decir que en mi cabeza no hay solamente literatura. Quizás, incluso, lo que menos tengo en ella es literatura. En mi cabeza hay cine (mucho cine americano), televisión y comerciales de televisión. Hay música y también mucho cómic. Me gusta Batman y me gusta John Constantine; es más, me atrevo a decir que si en Venezuela hubiera industria del cómic, yo estuviera escribiendo novelas gráficas y no literatura. Pero como escribo, y soy libre de hacerlo, pues no me privo de usar todo lo que llevo en mi cabeza. ¿O debo acaso obviar todo sólo porque estoy escribiendo «literatura»? Y por favor, ¿puede alguien decirme qué es «LA literatura»? Pasa que muchos escritores quieren ser «serios», elevados, profundos en su muy «serio» esnobismo. Hay, no me cabe duda, mucho de cliché de la imagen del escritor en esta pretendida seriedad. El cliché del escritor es peligroso. Para algunos, se trata de un tipo loco, fuera de la norma social, desaliñado, bebedor o drogadicto que detesta a la sociedad. Para otros, es un hombre con una barba poderosa de pensamientos profundos que vive atormentado por los males del mundo; un filósofo amargo digamos. En realidad, para mí, un escritor no es nada de esto. El escritor es aquel que se sienta a escribir todos los días, con disciplina, talento, honestidad y seriedad.
Los escritores deben luchar contra el cliché. Porque el cliché es lo peor que le puede pasar al arte. Aun así, y paradójicamente, al huir de algunos clichés más o menos generalizados, vamos y caemos en otros más o menos exquisitos. Porque hay clichés de clichés. Es decir, algunos son menos reconocibles, pero todos son clichés al fin y al cabo. La lucha del escritor, del artista, es tratar de salirse de todos ellos. Es difícil, muy difícil encontrar tu propia identidad, pero yo pienso que la mejor manera de empezar es siendo honesto con uno mismo.
Cuando desde el gobierno de tu país te dicen que existen libros «capitalistas», y te dificultan la entrada de los libros que quieres leer, y te dicen que pronto se crearán grupos de lectura de libros «socialistas» y que leer individualmente será un pecado capital; cuando ciertos grupos culturales pretenden decirte que esto o aquello es literatura y promocionan descaradamente a sus protegidos; cuando todas estas cosas horrendas pasan, el escritor debe alzar la frente y hacer uso de una de las palabras más guerreras del mundo: la libertad. ¿O es que queremos ser igual a todos, y escribir todos sobre lo mismo y del mismo modo? ¿Tanta es nuestra necesidad de pertenecer al rebaño? Cuando alguien me dice que quiero ser comercial porque mi estilo es cinematográfico, yo no sé qué decir. En verdad no tengo otra manera de escribir. Yo simplemente soy honesto conmigo, y por este camino voy transitando. Yo simplemente hago uso de mi libertad creativa a la búsqueda de mi identidad, de mi estilo literario. Allá aquellos que se privan de ser quiénes realmente son para no ser etiquetados de comerciales pero sí aceptados por los gurús literarios de turno. ¿No es esto absurdo? ¿No hay algo raro allí?
Yo sólo sé que mi mano no encuentra rejas ni paredes en su camino. Yo sólo sé que mi mano se lleva a la boca otras comidas: falafel, tacos, hamburguesas, alitas de pollo, sobrebarrigas, arepas, bifes de lomito y jambalayas. Y no lo olvidemos, de postre, podríamos tener algún mango. Cuánto extraño un día de playa en la isla de Margarita. Aunque para serles sincero, yo jamás he comido mango en la playa.
Muchas gracias, y nos vemos en la fiesta.